Por Andrés Birman. Escrita previo al Día del Padre de 2016 (19 de junio)
Este domingo, los argentinos agasajarán a sus papás. Para entonces, los televisores ya habrán disparado su infinita artillería publicitaria de marcas de ropa, afeitadoras, perfumes y demás artículos. También habrán mostrado las clásicas imágenes estereotipadas de niños y esposas sonrientes que llevan el desayuno a la cama del hombre de la casa. Las calles estarán repletas de avisos de compañías de telefonía celular anunciando promociones y descuentos especiales para que nadie se quede sin regalo en esta fecha que algunos celebran de manera entusiasta y que otros advierten como pura estrategia marketinera. Sin embargo, hay otra cara de esta festividad que no estamos acostumbrados ni a ver ni a que nos muestren. El 19 de junio muchas otras personas visitarán al padre que ya no está y pasarán un rato frente al recuerdo que perciben desde un mármol inmóvil.
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Carla tiene 36 años y viaja desde San Miguel todas las mañanas. No tiene un horario fijo, pero siempre se levanta temprano. Lleva adelante el oficio que aprendió de su abuelo y de su padre. Hoy la ayudan su marido y su hermano que "no la tienen muy clara con la venta". En cambio ella sí, afirma: "Porque me críe en esto. A los 12 empecé a ayudar a mi viejo, pero yo prácticamente nací entre las flores", reconoce. Su puesto se encuentra frente al ingreso principal del Cementerio de la Chacarita, una de las necrópolis más grandes del mundo.
Es jueves y el sol de la tarde ilumina aun más su cabello rubio, mientras ordena y ata las flores con las que arma los ramos que va a vender el domingo, uno de los días más activos del año: "También están el Día de la Primavera (21 de septiembre) y el Día de los Difuntos (2 de noviembre), aunque siempre la mejor fiesta es el Día de la Madre (en octubre)", explica y marca una diferencia: "Esa fecha se vende, además, mucho para regalar. Ahora sólo compran los que vienen a visitar a su viejo, a su abuelo o a algún hermano. Por otra parte, este es un feriado largo… viernes, fin de semana, lunes también. Generalmente se trabaja bien. Liquido toda la mercadería que traigo del mercado de Barracas, o a lo sumo me queda para liquidarla en la semana". Comenta que la venta en general, como en otros sectores, cayó y que eso "se nota". "Con esta política nueva estamos tanteando a ver qué pasa. No quiero meterme en eso, no es lo mío, pero se nota. Aparte este es un rubro que no es necesario; acá lo que juega es el sentimiento, nada más", añade.
Sus clientes atraviesan una situación emocional especial y ella, muchas veces, los escucha liberar sus palabras y sensaciones. Cuenta que “esta mañana vino una mujer que siempre compraba flores junto a su marido, Ramón, que me enteré que partió. Lo supe cuando la vi sola”. La atención al público obviamente requiere ciertos cuidados: “Yo tengo que estar siempre con buena onda. Pude haber tenido un mal día, pero trato con gente que ha perdido un familiar, que pasa por un momento duro y capaz rompe en llanto. Así que aparte de vender, trato de contener al cliente”, dice con el tono de quien ha sido testigo de grandes tristezas a lo largo de más de dos décadas de experiencia.
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Son casi las 17.30 y el cementerio está por cerrar sus puertas. Ahora nadie visita el puesto. Los efectivos de seguridad privada que vigilan la entrada ya no permiten el ingreso. Sólo se observa gente que sale de visitar a sus seres queridos y camina por las calles aledañas. Algunos se dirigen a la parada de algún colectivo que los lleve de regreso a sus hogares, mientras otros buscan llegar a la cabecera del Ferrocarril General Urquiza y el resto desaparece de la superficie para descender al andén de la estación Federico Lacroze de la Línea B. Carla sigue de pie, los mira y comienza a guardar las flores exhibidas y los ramos que preparó con vistas al fin de semana. El viernes le espera una jornada similar y dentro de 48 horas llegará una de las más laboriosas de este 2016. Allí estará desde bien temprano vendiendo su mercadería, los otros regalos del Día del Padre. Aquellos que, en comparación a los convencionales, sólo compra un puñado de personas que mantiene su ritual personal cada tercer domingo de junio. Aquellos que no se ven en la maquinaria mediática; y que no los entregan sujetos felices y sonrientes a sus semejantes que responden efusivos con los brazos abiertos.
Andrés Birman

Muy buen eje
ResponderEliminarGracias, Bárbara! Buenísimo que te haya gustado!
Eliminar¡Muy lindo, Andrés! Excelente redacción. Saludos.
ResponderEliminarMuchas gracias por leer y por el comentario! Saludos, Carolina!
EliminarGrande Andrelo! Muy bueno!
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