lunes, 8 de agosto de 2016

Una excursión servida en bandeja

Publicada en El Residente (4 de agosto de 2016)


Por Andrés Birman / @AndresBirman

Alejandro vive en Avellaneda y trabaja ocho horas y media por día. Es mozo en Los 36 Billares, uno de los cafés notables de la Ciudad de Buenos Aires, inaugurado hace 122 años. Un sitio imponente ubicado sobre la Avenida de Mayo, el cual frecuentaba el escritor español Federico García Lorca. Allí llegó hace dos años, luego de dos décadas en otra de las tradicionales confiterías porteñas, La Richmond. Cuando su actividad se lo permite, se detiene y describe su trabajo: "No hay nada acá que no me guste o que me resulte complicado, porque para mí, estar en este lugar es un orgullo. Cuando se hace algo con ganas y con amor, te sale. Esto es vocación y sentimiento. Me parece que el que se lo toma como un trabajo, se equivocó de lugar". A pesar del nombre y la fama del salón, reconoce que "nunca hubo 36 mesas de billar, como se dice".

Mientras recorre el amplio salón, Alejandro da indicaciones a quienes preparan empanadas detrás de la barra e ingresa a la cocina. Sale con su bandeja cargada de medialunas y jugos de naranja. Los entrega y vuelve a retener los pedidos sin tomar nota. Él dice que "es un mecanismo" que ya adaptó a su cabeza y le permite "atender veinte mesas, puede ser un tema de retención", pero admite: "Capaz salgo para volver a mi casa y me olvido de sacar la tarjeta para pagar el colectivo. Son muchos años de experiencia, no es lo mismo jugar en una cancha de papi fútbol que en una profesional".

El lugar es históricamente reconocido por sus variedades de café, pero la carta también ofrece empanadas, pizza ("Tiene mucho éxito, se hace a la piedra, con horno de barro y gusta mucho", aclaró) y pastas de elaboración propia.
El empleado, al mismo tiempo que limpia la barra y manipula frascos con aceites, vinagre  y salsa de soja, recuerda los comentarios que llegaron a sus oídos sobre su lugar de trabajo y compara su pasado con la actualidad: "A la gente le gusta mucho ver cómo fue cambiando el ambiente que, por lo que me contaron, era muy machista y de juego. Ahora el clima es familiar. Se reúnen todos abajo y disfrutan de la sala. Es algo que cambió tras nueve refundaciones".

Naturalmente, una buena parte del público está conformada por turistas, que llegan atraídos por lo llamativo del espacio y la historia del bar típico porteño. Alejandro cuenta que "vienen muchos colombianos y les gusta nuestro café, porque cuentan que el de ellos es más áspero, más fuerte". Admite no tener un nivel de idioma muy fluído, pero que no le hace falta porque "gastronómicamente, lo que es inglés, francés y portugués es fácil". "No tengo ninguna complicación con eso", explica en referencia a las barreras que pudieran existir a la hora de comunicarse con extranjeros.

El mozo camina sonriente entre las mesas, disfruta su trabajo. Atiende amablemente tanto a habitués como a casuales visitantes. Vuelve a la barra, agradece la charla, pide disculpas por las interrupciones y da un apretón de manos. De fondo suena la incansable música del lugar: choque de tazas, cubiertos y platos que se apilan, listos para el mediodía. Presta atención, mira a los clientes y se acerca a uno de ellos que, con el inconfundible gesto argentino, le pide “la cuenta” y se despide con complicidad hasta el día siguiente.

"Los 36 Billares", Avenida de Mayo 1271, Ciudad de Buenos Aires.

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